Maestría escénica

16, junio 2006 at 12:35 pm Deja un comentario


Crítica “Pasaba por allí”, de La Cena, de Brisville.

Queda muy atrás en el recuerdo la última vez que disfruté tanto y con tanto motivo ante un escenario. El texto de Brisville resultaba complejo en ocasiones, denso, apabullante.
Sobre un único escenario, dos actores de armas tomar departen con gran oficio sobre el futuro de todo un país. Demasiado inmovilismo para un momento en que los efectos especiales, los golpes sorprendentes y los giros dramáticos en los acontecimientos están a la orden del día. Sin duda, una apuesta arriesgada por más de un motivo. Ninguno de los personajes que se presentan sobre el escenario merecen el más mínimo apunte de simpatía por parte del público. Son cínicos, canallas, malcarados, asesinos, prevaricadores, tramposos, infieles, depravados. Y, sin embargo, son puro arte.
El texto, el tema de la obra, gustó a unos más que a otros, pero de lo que no dudó nadie fue de haber asistido a una representación de las que, hoy por hoy, se ven ya pocas.

Puro oficio teatral. Poco queda por decir de la capacidad de ese animal de escenario que es Flotats. Su presencia en escena resultaba cegadora, la voz, el porte, el tono. Todo en él rezumaba profesionalidad, carisma y saber hacer.
La gran sorpresa estuvo encarnada en la imponente figura de Carmelo Gómez, a quien no se le notaba en absoluto sus casi diez años de alejamiento escénico. Todos y cada uno de sus gestos, las inflexiones de su voz, nada había en él que resultase sobrante o excesivo, un pecado en el que suelen reincidir con cierta frecuencia los actores de la pantalla, grande o pequeña, que deciden salir a pasear por el teatro.
Pero si hay algo que se deba destacar de estas dos horas de máxima calidad teatral son los silencios. Es habitual que cuando se da en la escena un silencio más o menos prolongado, el respetable tienda a pensar que alguien ha olvidado un pie, que se han perdido en el texto. Pero Flotats y Gómez mostraron ayer la clara diferencia que existe entre un blanco y un silencio. Medidos, milimetrados, recalcando la tensión in crescendo entre los dos maquiavélicos personajes, nunca excesivos, nunca incómodos, enmarcados por gestos, medias palabras, sobre entendidos. Silencios que decían, de tan bien hechos, casi más que el propio texto.
La del martes fue una magistral lección de teatro bien hecho, de arte puro y duro, de capacidad escénica y de trabajo, mucho, mucho trabajo técnico.

Publicado en FARO DE VIGO, el Viernes, 16 de junio de 2006

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